Noche de domingo.

El títere grita encima de la tarima de madera; con el micrófono cocido a la mano izquierda se exalta y estremece. En sus tobillos atados, pequeños y menos brillantes títeres de dedos, con la boca abierta; imitan cada movimiento del líder. Él busca torcer, iluso, las bocas sempiternas e inmutables de sus oyentes. Sus hilos le duelen de tanto ajetreo constante, y sus aspiraciones se derrumban en cada hora que pasa sin ver cambio alguno en la audiencia. Pero él sabe, en su cerebro de trapo, que la vida ha dado sentido a este tiempo para que su única figura de títere de guante; cierre por primera vez la boca de todos. Él siente en lo profundo, como el sonoro silencio de un domingo, un vacío abismal.

El pequeño títere de dedos se enciende, en la esencia de su esponjoso ser, cada vez que el títere de guante cierra una frase triunfal. Su cabeza se tambalea de un lado a otro empujado por el coraje delgado del dedo ajeno. En su pequeña y diminuta vida de punto colorido en masa popular, de títere de dedos de fondo, entiende que algún día, como dictan sus ansias de dedo único, podrá llegar a ser aquel que lejos, encima de una tarima de madera, busca cambiar por siempre sus intactas y abiertas bocas, sus ojos cegados en un punto de costura. Él siente en lo profundo, como el sonoro silencio de un domingo, un vacío abismal.

El titiritero orquesta la obra; que sitúa en distintos niveles, con falsos propósitos de existir, a títeres de guante y dedos. El titiritero pone en acción sus dos manos, con la mano derecha maneja uno, en la izquierda multiplica los otros, y con la boca, finísima herramienta de manejo, guía las cabezas de todos, títeres de guante y dedos. Tiene en su constante pensar el papel de cada uno, y sabe, en su cabeza de trapo de titiritero, que es capaz de cambiar la mente, las bocas y los ojos de todos en la obra. Él no entiende de títeres, pero es titiritero. Él siente en lo profundo, como el sonoro silencio de un domingo, un vacío abismal.

3.4.9.

Calca, con papel de carbón.

En sus manos tintadas sostiene

una sonrisa de panfleto,

duerme entre sus cabellos un grano de sal,

que con lento hacer,

corroe y oxida.

 

Hueca e inflada la frente,

obra con una luz;

que solo a ratos muestra,

en constante zigzagueo,

el deforme muñeco

que representa su existencia.

 

Anillos en el mar dejan sus plásticas botas,

esas que a ratos calzo inconsciente,

que aplastan todo a su paso.

Ronca con agrio hedor,

rasca su alcohólica panza,

el dedo afilado del censor.