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Las estatuillas de Vicente.

-Lo siento mucho hijo mío, pero se nos ha perdido Vicente, con lo viejo que está ese perro y que le haya dado por eso a estas alturas… –

Vicente es todo bondad, su pelaje tiene un tono de café con leche azucarado; tanto que cuando se acuesta al sol, la luz rebota y se asemeja al suave humo de vapor que el café desprende. Arturo apenas comenzaba a leer cuando llegó el cachorro, doce años atrás, en una caja de madera con huecos en la parte de arriba para que respirase. Hoy viene Vicente, repetían sus padres, refiriéndose al afilador de cuchillos que por ese entonces trabajaba en el pueblo. Y fue con ese afilador que llegó el cachorrito. Fue nombrado Vicente, puesto que Arturo siendo un niño muy incisivo, asoció aquel nombre con el perro y no pudieron hacerle cambiar de parecer.

   -¿Como que se escapó madre? –

-No sé, parece que tu padre dejó la reja abierta –

-Pero si él nunca sale –

Fue una conexión inmediata, similar a la de dos engranajes que encajan perfectamente dentro de la maquinaria de un reloj. Vicente sintió que Arturo era su guardián, su padre e hijo, su hermano, su comida y techo. Arturo encontró la alegría de un amigo, la oreja inamovible e indiferente que le acompañaba en sus cuatro patas allá dónde fuese. Le fascinaba jugar en el patio, correr detrás de las liebres y revolcarse en cuanto charco encontrase en su camino.

   -¿Y qué han hecho? ¿Has dejado correr la voz?

   -Si, ya están todos buscándolo en el pueblo, también aquí en la finca.

No resistía la comida fría, comenzó a dormir más, y por suerte, luego del primer año, dejó de morder todo y a todos. Nada disfrutaba más en este mundo que un poco de leche fresca y tibia, recién salida de la vaca. Tanto tiempo viviendo en la colina, hizo que Vicente no le gustase salir de la finca y coger camino abajo hacia el pueblo.

   -Alcánzame el chaleco madre, también el farol y mis botas –

   -Hazme el favor de regresar cuando se haga oscuro, ese perro es inteligente, no puede andar lejos, él no resiste bajar de la colina –

Nana siempre bromeaba con la fobia que le tenía Vicente al nivel del mar, solía decir mientras le acariciaba el lomo peludo: este perro le tiene más miedo al mar que las ratas del establo. Vicente se había vuelto un perro cansado, al parecer los años vinieron acompañados por una catarata. A menudo tropieza con los trastos de la cocina, se repone y sigue su camino. Le cuesta mirarte a los ojos; pero a su olfato, si algo, lo que le ha ocurrido es que se ha agudizado y alcanzado límites extraordinarios. No más Arturo se apega del carruaje, a una legua de la casa, Vicente se pone en pie, entre gemidos y moviendo la cola, comienza a caminar de un lado a otro de la cocina en espera de la llegada de su dueño.

   -¿Perdone señor, ha visto usted a un perro viejo, por aquí?

   -Pues mire usted que sí, hace unas horas pasó corriendo, huyendo de algo, colina abajo.

   -¿Seguro? ¿Seguro que era un perro viejo? Coli-peludo? Color canela? ¿Seguro que lo vio usted?

   -Pero claro muchacho.

   -Muchas gracias señor, muchas gracias. –

Arturo es el mejor carpintero que tiene Ceiba Grande, condición que le vale para ser de los más conocidos en la península. Por su capacidad para el detalle, sus esculturas en madera eran ostentadas en todos los buques que atracaban al puerto. Arturo tenía siempre encima ese olor a aserrín que Vicente adoraba, al llegar en la tarde se le tiraba encima de los pantalones de trabajo con ansias de impregnarse de la fragancia.

   -Julio, a usted precisamente buscaba-

  -Tal cual Arturo, acaba de avisarme Ernesto, el de la taberna, que vieron a Vicente cerca del puerto, por el costado del atracadero.

   -¿Por el puerto? No puede ser, si Vicente odia el mar.

   -Le digo que era Vicente, que Ernesto me lo ha asegurado.

   -Pues vamos hasta el puerto, yo no sé qué le ha dado a este perro.

Vicente sale en la madrugada y camina el borde de los gallineros. Le conforta la satisfacción de poner nerviosas a las gallinas y el dolor en la pata izquierda solo se le alivia caminando. Mientras se pasea a la luz de la luna, esboza una sonrisa cada vez que escucha el cacarear nervioso de sus chismosas vecinas. Se sabe aún temerario y digno de respeto cuando huele el pánico en ellas, sería incapaz de tocarles una pluma, pero se permite el disfrute de aterrorizarlas.

   -Ernesto! ¡Hola Ernesto! Dime anda, has visto acaso a Vicente –

   -Lo siento amigo, cuando lo vi, hace unas horas, andaba caminando con un señor y una yegua que tiraba de una carreta; por el paso del puerto.

   -Entonces ayúdenme ustedes a encontrarle, tiene que estar cerca, no debemos tardar mucho en dar con él…

Tardaron, tardaron tanto que a los tres días todos abandonaron la búsqueda; pero Arturo nunca se detuvo. Sabiendo que Ceiba Grande era un pueblo portuario se le ocurrió la mejor de las ideas. La primera madrugada talló con finísimo detalle una estatuilla de Vicente sentado; luego con yeso hizo un molde para elaborar figuritas de barro. En su base escribía un mensaje de búsqueda que sirviera para devolverlo a casa.

El joven apenas dormía, en las madrugadas trabajaba en su casa con un horno improvisado dando forma al barro. Luego durante el día se iba a la carpintería y en la tarde, bajaba al puerto para regalar a todos: comerciantes, marineros, oficiales y cualquiera pasase a su lado; una estatuilla de Vicente. Todo el dinero que tenía lo utilizaba luego pagándole a cuatro aprendices de alfarería que lo ayudasen en su búsqueda interminable y dolorosa.

Arturo nunca supo lo que realmente sucedió esa tarde. Vicente esperaba como siempre que sol que entraba por la puerta de la cocina, aterrizara al lado de la puerta para que lo calentase en su siesta diaria. Pero con un instintivo y desenfrenado impulso, luego de oler una liebre que husmeaba cerca del costado de la casa, Vicente se lanzó tras ella como perro joven que corre sin dolor alguno.

En ese momento, cruzó a toda velocidad frente a aquel señor que resultó estar más ciego que Vicente, por lo cual nunca vio a la liebre, y malinterpretó la persecución. Estuvo corriendo durante tres minutos, entonces comprendió que se había alejado de la casa, y el olor a mar lo detuvo completamente.

Casi ciego como estaba, comenzó a caminar tratando de olfatear algo que le resultase familiar, y fue entonces cuando sintió el más dulce olor de todos: una carreta de un carpintero ambulante que pasaba cerca. Corrió todo lo que pudo hacia ella, y al llegar, supo que había algo mal, ese hombre que lo saludaba no olía a Arturo, si bien su silueta era semejante. La seguridad que le transmitía aquel fuerte olor a aserrín era tal, que le pareció suficiente para no volver a alejarse. Y con él se quedó hasta que encontrase su casa…

Sucedió entonces que la fortuna bailó con soltura su danza sobre el esfuerzo de Arturo.

En una de las tantas tardes, una sirguera pasó por su lado y cogió, con sus manos destruidas, una de las estatuillas. Esa misma noche, en las cercanías de la taberna, intercambió su estatuilla por una bolsa de ajos frescos de un mercante oriental. La estatuilla fue luego entregada, junto con otras prendas, al capitán del barco Ártico, Don Andrés Silueta, como peaje de viaje.

Una vez en el mar, una tormenta fortísima azotó la embarcación y su porta-sombreros de madera preciosa se partió en varias partes. Por tanto, luego de atracar en su primera parada dos días después, se encontró a aquel carpintero mercante que recorría el litoral. A éste le encargó que le hiciera una nueva pieza dónde colgar su gorra, y cuatro horas más tarde, la pasó a buscar.

Cuando Don Andrés fue a pagar al carpintero, sacó de su bolsillo, mientras buscaba monedas, la estatuilla. Quedó el carpintero tan asombrado con la similitud que tenía con su acompañante por las últimas dos semanas, que le pidió le pagara con la estatuilla. El capitán aceptó, e intercambiaron productos. Una semana más adelante, mientras viajaban en su carreta, atravesando un bosque espeso en una fresca mañana, el carpintero hizo girar la estatuilla y se sorprendió al ver que en su base había escrito:

Si ha visto usted a un perro como éste, sepa que tiene un dueño que sufre de su ausencia. Mi nombre es Arturo, vivo en Ceiba Grande, él se llama Vicente y ama la leche.

El carpintero esbozó una sonrisa, acarició a Vicente que descansaba a su lado, y con una voz de mando hizo girar de regreso a la yegua.

Hoy no hay quien visite Ceiba Grande y no se lleve consigo una estatuilla de Vicente.

El Passaic.

Passaic-1 (1)
Fotografía de Grey Cruz

 

No hay diferencia alguna entre dos ríos de tamaño normal. Entiéndase que no se mucho de ríos, es más, no sé nada de ríos y casi nada de Geografía, lo que causó que al enseñarme por vez primera el Passaic River de New Jersey; yo guardara ese nombre para catalogar cada trozo de agua que viese en mis primeros meses.

Antonio Enternello era un hombre pintoresco, regordete y siempre con falta de respiración. Fue la tercera persona que conocí, quien me introdujo al Passaic River y me habló de las peripecias en canoa de Antabanez Wheeler. Enternello suspira, recuerda con melancolía cuando niño como se bañaba en sus aguas durante el verano ¿Sabes que es lo peor de la polución que hoy tiene? me dice, y yo pensé en respuestas comunes: la fauna, el medio ambiente, el impacto sobre la sociedad que le rodea… No me dejo seguir cavilando, enseguida interrumpió mi pensamiento con una sentencia: el sonido, lo peor es que se ha acumulado tanta mierda que cambió su melódico cauce.

Hubo un tiempo en que necesitaba saber de todo, de ahí que no sólo no supiese de casi nada, sino que sin temor al ridículo exponía mi ignorancia como trofeo. A Mary no le gusta que me adentre en la verborrea – tu cuenta, me encanta cuando eres simple- me repetía no más le regalaba una oportunidad. Por aquellos días tan grises imagino que no me leyese mucho, yo escuchaba sin vacilaciones a quienes me trataban de ayudar como si me hablasen de otra persona, asentía y procuraba que pensasen que su consejo no era desestimado. Quizá Enternello si disfrutase de mi parafernalia innecesaria, yo le hablaba de mis logros disfrazados y él parecía disfrutarlos conmigo.

Caía la noche sobre el asfalto irregular, cuando los focos del carro iluminaron un cartel despintado y lúgubre con las letras de Welcome to New Jersey. Mary extraña el sol, el calor, el azul y el verde, se extraña a ella y desconoce quién me acompaña ahora mismo en el carro; Mary desconoce todo. La hora justifica que un poco de sueño me recuerde el tiempo que llevamos viajando, el frío comienza a adentrarse por las hendijas del carro y una fina llovizna humedece el paisaje. Atravesamos una carretera que aún no conozco, y sus ojos, los de ella, están cubiertos por una densa nube que la aleja. Ese es el rio de Passaic, el Passaic River, le digo, un novelista llamado Wheeler Antabanez, un tipo que estuvo preso por tener ideas más oscuras que algunos tantos, publicó una crónica para la cual navegó el río en canoa durante dos años de manera intermitente. Le cuento sobre los cadáveres encontrados, la podredumbre de sus márgenes; a Mary los ojos se le llenan de un brillo que conozco: la curiosidad por lo que nadie quiere saber, el conocimiento inútil.

Me invento entonces otras historias, le digo que un amigo a quien luego conocerá, Antonio Enternello, solía bañarse cuando niño en el curso bajo del Passaic, con los años su piel tomó un tono verdoso que nunca más se pudo quitar, Mary me pide que le siga contando, que paremos un momento a verlo de cerca, el sueño es mayor que antes, ella tiene los ojos pegados a la ventanilla que refleja una luna pequeña y huesuda en el centro del río. Yo le explico del poco tiempo y continúo contándole, pero ella ya no me escucha, no puede dejar de imaginarse todas las historias que han empezado o concluido en este lugar. La realidad se ralentiza y deforma, y en los cuerpos quedan sólo reflejos.

En el momento en que trataba de definir qué historia inventarme para rescatar su atención el grito de Mary me congeló por completo, ¡Allí, allí hay alguien, en el río! yo giré la vista por un segundo y pude ver no uno, sino miles de rostros que sobresalían de la superficie, rostros azulados, que comenzaban a sonreír. Mary estiró su mano hasta el volante y haló para su lado desviando el carro y sacándonos de la carretera. El estruendo de la muerte inundó el auto y me despertó para ver, por última vez, el rostro de Mary sonriendo.

Al otro día se leía en la prensa: ¡Dos jóvenes mueren ahogados en el río Passaic!