Blog

Nacimiento.

43759552_246032826267170_2935918976439418880_n
Forografía de Grey Cruz

 

¨En las noches de otoño, la lluvia enfría más el hocico húmedo de Frankie.¨

No puedes comenzar así un poema, porque nadie daría medio peso por él. Un poema debe empezar invitando a seguir, robando ese primer instante de atención. Un poema enternece el ojo y te hace viajar. No puedes comenzar hablando del hocico de tu perro, que es tuyo, no mío ni de nadie; y por tanto no nos importa.

Mejor no hablarte además de la mierda de paisaje que has elegido. Así no puedes empezar un poema, en un momento donde a nadie le importa un carajo ¨las noches de otoño¨. En tus manos está la llave del candado, ni pajar ni acertijos; pero no, resulta que te preocupan las noches de otoño.

Escribe sobre esto que está pasando, sobre tu vida y la mía, escribe sobre lo que no es nuestro. Ahora que el micrófono descansa en su base sin nadie que lo quiera, decides cantarle tus dulces versos al otoño. Canta sobre la vida que no tenemos, la que no tiene nadie, sobre lo que nos falta que a la vez, es lo que nos hace, ¡escribe sobre la libertad coño!, sobre la libertad de escribir lo que quieras. Cuéntale a todos en la cara acerca de lo que prescinden, recítales sus males, sus susceptibles carencias. Puedes ser tan absoluto como indeciso, puedes ser el súmmum, el punto de ruptura, la voz de los tuyos.

Y aún así, tú, en tu eterno dulzor, en tu voracidad por la idea de lo bello; tú decides ser original y escribes acerca de cuánto, ¡oh poeta!, de cuánto moja la lluvia de otoño. Me desesperas, me avergüenzas, me adormeces, me eres un like sin click. Y no digo que escribas del origen de los mundos, o que seas la figura representativa de tu época ¡solo digo que escribas de una maldita vez!

Quizá ves una necesidad otra, que no veo yo, más lenta y clara. Puede ser, incluso, que tu creas que es esa tu voz, tu arte. Y a mi, de humilde opinar, me podría convencer esa teoría de que es tu manera de dejarlo vivir.

El otoño no es del todo indiferente o prescindible. La humedad podría llevarte a tu tierra natal, y de ahí que salga todo: tus ansias de la niñez y tus héroes, tus tristes y desdibujados héroes. Escribe sobre eso, escribe sobre el otoño, al fin de cuentas; es tu arte, es tu manera de hacerme recordar a mis héroes con su adulta imperfección.

Noche de domingo.

El títere grita encima de la tarima de madera; con el micrófono cocido a la mano izquierda se exalta y estremece. En sus tobillos atados, pequeños y menos brillantes títeres de dedos, con la boca abierta; imitan cada movimiento del líder. Él busca torcer, iluso, las bocas sempiternas e inmutables de sus oyentes. Sus hilos le duelen de tanto ajetreo constante, y sus aspiraciones se derrumban en cada hora que pasa sin ver cambio alguno en la audiencia. Pero él sabe, en su cerebro de trapo, que la vida ha dado sentido a este tiempo para que su única figura de títere de guante; cierre por primera vez la boca de todos. Él siente en lo profundo, como el sonoro silencio de un domingo, un vacío abismal.

El pequeño títere de dedos se enciende, en la esencia de su esponjoso ser, cada vez que el títere de guante cierra una frase triunfal. Su cabeza se tambalea de un lado a otro empujado por el coraje delgado del dedo ajeno. En su pequeña y diminuta vida de punto colorido en masa popular, de títere de dedos de fondo, entiende que algún día, como dictan sus ansias de dedo único, podrá llegar a ser aquel que lejos, encima de una tarima de madera, busca cambiar por siempre sus intactas y abiertas bocas, sus ojos cegados en un punto de costura. Él siente en lo profundo, como el sonoro silencio de un domingo, un vacío abismal.

El titiritero orquesta la obra; que sitúa en distintos niveles, con falsos propósitos de existir, a títeres de guante y dedos. El titiritero pone en acción sus dos manos, con la mano derecha maneja uno, en la izquierda multiplica los otros, y con la boca, finísima herramienta de manejo, guía las cabezas de todos, títeres de guante y dedos. Tiene en su constante pensar el papel de cada uno, y sabe, en su cabeza de trapo de titiritero, que es capaz de cambiar la mente, las bocas y los ojos de todos en la obra. Él no entiende de títeres, pero es titiritero. Él siente en lo profundo, como el sonoro silencio de un domingo, un vacío abismal.

3.4.9.

Calca, con papel de carbón.

En sus manos tintadas sostiene

una sonrisa de panfleto,

duerme entre sus cabellos un grano de sal,

que con lento hacer,

corroe y oxida.

 

Hueca e inflada la frente,

obra con una luz;

que solo a ratos muestra,

en constante zigzagueo,

el deforme muñeco

que representa su existencia.

 

Anillos en el mar dejan sus plásticas botas,

esas que a ratos calzo inconsciente,

que aplastan todo a su paso.

Ronca con agrio hedor,

rasca su alcohólica panza,

el dedo afilado del censor.

La tormenta en el espejo. Parte 2

Lorena la miró, y repitió el mismo procedimiento de otrora cuando entró por primera vez. El dinero que había dejado aún seguía allí, al igual que el trago.

–       No me ha cobrado –

–       Hoy no cobramos ¿No lo sabía? Vaya suerte que tiene usted. –

–       ¿Me puede explicar qué es este lugar? –

–       ¿Un bar, no lo ve? –

–       ¿Si, pero cómo es posible que solo tenga una silla, y que este espacio en el cual solo cabemos usted y yo, apretados, sea un negocio? –

–       Pues lo es. –

Lorena cogió el trago y bebió de él. No cabía dudas, era el mejor Bloody Mary que había probado jamás. Podía llegar a esta conclusión por un simple hecho, tenía el balance perfecto de picante y tomate, un equilibrio en el cual el paladar no podía definir un sabor por encima del otro, sino ambos unidos en una simbiosis perfecta.

–       ¿Le gusta verdad? Y es una lástima que me haya obligado usted a hacerlo rojo. –

Lorena no contestó. Se apresuró a tomar el trago completamente y luego pidió otro.

–       ¿Tiene usted grandes sueños? Le comentó la muchacha mientras le preparaba otro Bloody Mary

–       No, o sea, nada en particular. –

–       Seguro que se equivoca, tanto tienen de particular sus sueños como que son suyos. –

–       Ahora también va usted a discutir sobre mis sueños. –

–       No discuto, comento. –

–       Bueno, a comentar. Resulta que mis aspiraciones no son sino las mismas que cualquier persona con sentido común: tener una vida saludable, económicamente estable e imagino que ser feliz. –

–       ¿Y lo es usted? –

Lorena dudó si responder o no, al fin y al cabo, no conocía de nada a esa mujer, sin embargo, lo acogedor de aquel lugar diminuto le hizo sentir que se encontraba en un área segura y cómoda.

–       Sí lo soy. –

–       ¿Y lo sabe usted? –

–       ¿Cómo? –

–       ¿Que si sabe usted que es feliz? –

–       ¿Pero claro, que tipo de pregunta es esa? –

–       Una tan válida como poco frecuente – entregó el segundo Bloody Mary a Lorena, esta vez lo dejó azul, tal y como había hecho el primero.

Lorena la miró a los ojos, pensó en requerirle que preparase el trago tal y como lo pidió inicialmente, pero la curiosidad pudo más que el deseo de corregirle. No se arrepintió luego de haberlo probado, en efecto el trago había mejorado tanto que, con los ojos cerrados, pudo sentir cada uno de los sabores en su boca, en los costados de su lengua, entre los dientes, bajando separados por la garganta.

–       Es un buen Bloody Mary éste que ha preparado, aunque los prefiero de color rojo. –

–       No hay nada mejor que desafiar lo ya aprendido. ¿Por ejemplo, es usted feliz? –

–       Ya le dije que sí –

–       ¿De acuerdo, pero cómo sabe usted que lo es? ¿Cómo identifica usted la sensación de la felicidad? –

–       No sabría decirle, ni tengo que decirle tampoco, que pesada usted con la felicidad. Es más ¿Es usted feliz? –

–       Lo soy, a diario, incluso disímiles veces en el día. Ahora mismo por ejemplo, estoy feliz porque tengo la dicha de estar hablando con usted. –

–       No lo entiende. Claro que en su caso, y no se ofenda, es fácil ser feliz. Usted, y le repito, por favor, no se ofenda. –

–       No podría –

–       De acuerdo, usted tiene una felicidad más limitada, su responsabilidad consiste en preparar tragos, muy buenos por cierto, pero hasta ahí llega. Y mientras, habla con las personas o, mejor dicho, la persona que encuentre este lugar. Así no es problema ser feliz. –

La joven le puso delante el segundo trago y ella inmediatamente se lo llevo a la boca para luego continuar con su discurso.

–       En mis manos está, cada día, un portafolio de más de 50 millones de dólares, ¿entiende? Entonces no puede usted pretender que esté pensando y cuantificando mi felicidad durante todo el día, sobre todo cuando tengo la responsabilidad de manejar la economía de muchas personas. Es un problema de perspectiva. –

–       Lo es, y a la vez no. Déjeme buscar algo en el almacén y enseguida regreso. Si quiere puede tirar los dardos. –

Lorena giró su cabeza y vio la diana a menos de medio metro, no tuvo siquiera que levantarse para coger los dardos con su mano. Comenzó a lanzarlos y todos caían cercanos al centro de la diana, apenas si los soltaba, de hecho, podía colocarlos con su mano si quisiera. El absurdo del juego le hizo sonreír.

–       Es usted buenísima- dijo la barman mientras entraba de nuevo de una puertecita pequeña que tenía detrás de sí –

–       ¿Quién no? –

–       Se asombraría si le cuento. –

–       Pero bajo estas condiciones, las probabilidades indican que todo el mundo es bueno. ¿No se da cuenta usted que poner dardos en un bar como este es un absurdo? –

–       ¿Usted cree? A ver, présteme los dardos. –

Lorena le entregó los dardos que había quitado en la mano, la joven se apoyó hacia el otro extremo de la habitación, aun así, no la separaba más de metro y medio de la diana. Justo antes de tirar, cambió los dardos hacia su mano zurda y cerró los ojos. El resultado fue que el dardo pasó rozando la cara de Lorena y aterrizó en la barra, alejado de la diana.

–       ¿Está usted loca? ¿Por poco me entierra el dardo en la cara? –

–       Ya lo ve, no soy tan buena como planteaba –

–       ¿Pero qué le pasa? Claro que no puede ser buena si tira con los ojos cerrados. –

–       Cierto, es una anotación curiosa la que me hace. –

–       En todo caso, no lo repita por favor, pudo haber terminado en una tragedia ¿Se imagina si me clava el dardo en un ojo? –

–       No, no lo imagino, pero tampoco deseo imaginarlo, disculpe usted, confié en su afirmación anterior. En todo caso creo que, si usted tirase con los ojos cerrados, y la mano opuesta a su mano diestra, habría hecho un lanzamiento igual de caótico.

–       Exacto.

–       ¿Y por qué no lo lanzó así?

–       Porque el juego no es ese. Las reglas consisten en tirarlo de la manera que lo hice yo. Usted simplemente se inventó otro juego.

–       Mire un poco más allá. Por ejemplo, el objetivo de cada juego no es solamente divertirse, sino competir por vencer cualquiera sea el obstáculo que presenta. Usted estuvo frente un juego sin obstáculo alguno, y al cumplir las reglas, no hizo sino quitarle la esencia al juego, quitarle lo que lo hace un juego en sí. Usted no tenía competidores, ni obstáculos, pero aún así no hizo sino cumplir con lo establecido garantizando además una victoria sin gloria ni merecimiento.

–       Mire… – Lorena hizo un gesto interrogatorio con sus cejas y la muchacha entendió la pregunta enseguida

–       Vera, mi nombre es Vera- dijo mientras dibujaba una sonrisa que inspiraba confianza.

–       Mucho gusto, mi nombre es Lorena. Pues como le decía, usted puede argumentar con cuántos pensamientos rebuscados quiera, pero la verdad es una: Es un absurdo poner dardos aquí.

La muchacha sonrío al escuchar esa sentencia, los ojos le brillaron como quien ha analizado todos los movimientos posibles y se sabe ganador en una partida de ajedrez.

–       La verdad, es tan alterable como estricta según quien la profese. Por ejemplo ¿Es usted feliz?

Lorena sintió el seco instinto de la embriaguez prematura, y con ello un impulso natural y desinhibido por decir cuanto pensase.

–       ¿Sabes algo Vera? No, no soy feliz. Ni lo es usted tampoco, la felicidad, como la verdad, es un concepto que nos han vendido predeterminado, hecho a nuestra medida y el único fin es la búsqueda constante de esa felicidad que usted profesa, falsa, además.

Vera se quedó en silencio mirando fijamente sus ojos azules.

–       Que le puedo decir Vera, yo soy una mujer exitosa y eso me basta. Tengo mucho más que la mayoría.

–       ¿Pero lo disfrutas? Eso que tienes

Lorena se quedó en silencio. Un mareo le hizo cerrar los ojos con el fin de ubicar la respuesta, el lugar, la tormenta, la realidad; y de tanto esfuerzo sintió que el cuerpo le exigía más energía que la que podía proveer. Sintió adentrarse en un sueño profundo. Al despertar, estaba sentada en su carro, la tormenta había pasado y las luces de neón del bar estaban apagadas. Intentó abrir la puerta al pasillo, pero fue inútil. Por lo cual regresó al carro y siguió su camino.

Nunca intentó regresar al bar. Viajó a Sudamérica, dejó libre a Dolores, quien probablemente murió de hambre o devorada por un animal salvaje. No abandonó el trabajo, ni vendió su apartamento, ni profesó su realidad a sus semejantes, simplemente hizo de sus días comunes, de sus momentos comunes, de sus actividades comunes, cosas disfrutables. A conciencia se supo feliz siempre que pudo. También se compró unos dardos que instaló en su apartamento; aprendió a lanzarlos con su mano zurda y los ojos cerrados.

La tormenta en el espejo. Parte 1

Lorena se mira en el espejo del retrovisor, los ojos azules, redondos, reflejan el cansancio del día. Pone nuevamente el retrovisor en su lugar y se concentra en evitar molestarse por el tráfico. Piensa en las reuniones de la semana, en el color opaco de las placas de los carros. La costumbre de mirar la persona del carro detrás le hace notar una nube inmensa que cubre todo el Este de la ciudad en un tono negro cerrado. El tráfico está más detenido que de costumbre, Lorena baja la intensidad del aire y enciende la radio.

La alarma de tormenta esta vez tenía algo distinto, un tono de emergencia aconsejaba a todos a salir de las grandes autopistas y buscar refugio en cualquier negocio cercano. Lorena se había quedado sin carga en el teléfono, tampoco le interesaba llamar a nadie inmediatamente. Ese tipo de independencia era un lujo por el que había trabajado durante toda su vida. Quería a los indispensables lo imprescindible, de esa manera hacía entender a todo el mundo que tampoco necesitaba mucho más cariño que aquel que ella estaba dispuesta a intercambiar. Tenía un pájaro, una cacatúa ninfa hembra para ser más exacto, la había llamado Dolores.

El susurrar del aire se hizo menos discreto, y el nubarrón que antes se veía a lo lejos, avanzó sobre su carro sobrepasando la velocidad del tráfico. Lorena pensó en hacer caso y buscar algún lugar donde pudiese tomar algo mientras pasaban las tres horas de tormenta. Puso el intermitente derecho sin mirar siquiera y comenzó a pasar de carril en carril hasta acercarse a la salida. Un concierto de cornetas y un coro de gritos ácidos la acompañaron al salir de la autopista.

No lograba reconocer el barrio dónde había entrado, la lluvia comenzó a caer como mamoncillos que levantan el polvo de la ciudad en su rebotar. Las hojas secas fueron tambaleadas, flacuchas y oxidadas, por sobre el asfalto de la calle. Las personas, como hormiguillas, en coordenada sinfonía, se apresuraron a cobijarse en el primer espacio que encontraban. Unos segundos más tarde las calles estaban completamente desiertas. Lorena manejaba muy despacio y solo se entrecruzaba, de vez en vez, con autos de policía que corrían con las sirenas encendidas.

Unos minutos más tarde, se encontró en una calle sin final. Un cartel de neón junto a otro de una marca de cerveza exportada, mostraba lo que parecía ser la entrada de un bar. Lorena parqueó el carro en un espacio abierto frente al local. Atravesó la calle cubriéndose en vano la cabeza con la cartera, al abrir la puerta su vestido chorreaba por todos lados y el pelo se le había mojado completamente.

Una puerta roja se vislumbraba al final de un pasillo largo, sin puertas a sus costados, de color verde oscuro. En el techo, cada tres metros, una luz tenue alumbraba una porción del suelo. Lorena caminó el pasillo mientras pensaba en como el efecto de las luces intermitentes se asemejaban al tono blanco y negro de las teclas del piano. Cada vez que atravesaba una luz, sentía miedo de no ver nada en los espacios en sombras, por el contrario, en las sombras tenía la seguridad del que ve todo, sin que lo vean a sí mismo.

Lorena empujó la puerta para encontrar detrás algo que nunca había visto. El local no podía tener más de seis metros cuadrados. Una silla de cuero rojo en una barra redonda donde solo una persona podría sentarse. Justo al lado, en la pared, una diana con sus dardos. La barra era alta y de ladrillos con forma circular que cerraba en una pared de espejos; dentro de ella una mujer joven, vestida de blanco completamente, limpiaba un vaso cuando la invitó a sentarse apuntando con la cabeza hacia la única silla.

Lorena asintió aún sorprendida y se sentó mirando con disimulo todo el lugar. Por su estructura circular, Lorena pensó por un momento que la muchacha trabajaba dentro de un pozo. Colocó la cartera entre los pies, donde único podía, y se acomodó para evitar sentirse intimidada por la cercanía espacial con la muchacha.

 – Un Bloody Mary, por favor –

– Marchando –

La joven comenzó a hacer bailar la botella. Mientras agitaba los brazos con malabares de artista, encendió una televisión pequeña que descansaba en una esquina superior del cuarto. En las noticias comentaban acerca de la magnitud de la tormenta: algo nunca visto, el peor fenómeno meteorológico de los últimos 20 años.

La barman acercó un vaso delgado con un trago color azul.

– Perdón – replicó Lorena – Eso no es un Bloody Mary.

– Sí que lo es – dijo la muchacha esbozando una sonrisa

– No, no puede ser, el Bloody Mary es rojo –

– ¿Pero lo ha probado usted? –

– No, ni necesito probarlo para saber que no es un Bloody Mary

– Me es imposible prepararle otro trago sin antes haber probado usted este, ¿Es acaso solo un problema de colores? –

– Lo es. El Bloody Mary, por definición, es rojo. –

La joven sonrió, se agachó en el poco espacio que tenía y sacó una botellita minúscula, la abrió y dejó caer dos gotas sobre el trago. El líquido, color negro, hizo reacción con la bebida que se dibujó de rojo completamente.

– Ahí tiene usted –

– ¿Pero qué es eso? –

– Un Bloody Mary

– No, no lo es. Acaba de hacer rojo el trago que antes era azul. El Bloody Mary es rojo desde el inicio

– ¿Ha visto usted cómo se hace un Bloody Mary? ¿Sabe usted en qué momento se hace rojo? Pruébelo y dígame que piensa –

Lorena reparó en el hecho de no saber cómo se preparaba el trago, pero para ese entonces ya estaba sobremanera disgustada con la actitud de aquella cantinera.

– Mire, ahí tiene su dinero, y quédese con lo que sea que es ese trago. –

Lorena se puso la chaqueta nuevamente, recogió su cartera y abrió la puerta

– Le dejo el trago aquí, para cuando regrese. –

– No se preocupe, usted no me vera más. –

Cerró la puerta roja y caminó el pasillo sin detenerse en las sombras y las luces, maldiciendo el cuestionamiento absurdo de aquella mujer. Al abrir la puerta de la calle, una fuerte ráfaga de viento le pegó en los ojos, la lluvia no dejaba ver su carro y la calle parecía un rio desbordado.

Todo estaba oscuro, las luces se habían apagado afuera y la tormenta se había fusionado completamente con la ciudad. Lorena volvió a cerrar la puerta y valoró si esperar ahí mismo de pie, o soportar a la impertinente joven. Entonces resolvió que no tenía sentido pasarse horas parada al lado de una puerta y retomó camino hacia el bar. Mientras avanzaba sobres sus pasos, reparó en la idea de cómo la repetición desvirtúa los miedos, el pasillo, antes misterioso y temido, ahora no era más que el preámbulo de un lugar peculiar.

Bienvenida, nuevamente – replicó la muchacha.