Mi tía me grita escandalizada por el teléfono que hable con mi tío, que está en la calle dando gritos de: ¿Hasta cuándo? ¡Nos van a matar a todos!

Yo no entendía que pedían los estudiantes más atrevidos cuando, hace años atrás aún viviendo en Cuba, demandaban tener libre acceso a la información. Solo aquellos que habían gozado en su momento de dicho placer: casi siempre amigos que tenían la facilidad de viajar o que podían pagar alguna cuenta de internet robada; entendían la importancia de lo que se nos estaban quitando.

¨Habemus Internet¨ Me escribió una amiga el primer día que se conectó a Facebook desde su móvil en Cuba. Existe un video famoso, de estos que se hacen virales, en el que se abre una puerta de un almacén y salen miles de pollos a la misma vez despavoridos, saltando unos sobre otros. Así corrían las ideas en mi cabeza: Hay internet en Cuba, mis padres tienen internet, mis padres me verán, verán mi casa, verán mi espacio y bueno, porque no, también verán el video de los pollos.

El problema con la manipulación de la información, allá donde se intente, es lo fácil que aparece alguien con tiempo y ganas de joder suficiente para investigar y desacreditarte. Un ciber-justiciero independiente, con un don para encontrar datos que rectifican inmediatamente el ridículo de lo antes expuesto o una opinión tuya de años atrás que te contradiga. Mi tío tiene internet, se sienta en el sofá de la sala y comienza a leer todo lo que comparten sus amigos. Mi tío sabía que lo engañaban casi siempre, o quizá casi siempre sabía que lo engañaban. No se sumaba al reclamo, lanza en mano, dirigido al Dios de la lluvia por el diluvio eterno. El sabía que llovía por otros motivos, hasta que un día descubrió en internet que el cacique tenía techo, que no se mojaba porque podía enfermarse y morir.

También sucede que mi tío, como yo, padecía de un miedo crónico, como el que se puede leer en la Psicología de la amenaza política y el miedo de Elizabeth Lira Kornfeld ¨El miedo crónico deja de ser una reacción específica a situaciones concretas y se transforma prácticamente en un estado permanente en la vida cotidiana, no solo de los afectados directamente por la represión sino de cualquiera que pueda percibirse amenazado¨ En el particular caso de Cuba, incluso cuando se vive en otro país, siempre queda la amenaza que te llega en voz de tu padre o madre a modo de recordatorio: Mijo, no hables mas mierda que no te van a dejar entrar. Ellos también tienen miedo crónico.

Por primera vez no me importó que no me dejasen entrar hace un año, seis años después de haber salido de Cuba. Justo luego de haber pasado un tornado cuando leí que el gobierno cubano había decidido continuar con la marcha de las antorchas mientras una parte de regla y Guanabacoa estaba llena de escombros y destrozos. Quizá fue el oprobio a mi espacio, a mi terruño que se compone de esos dos municipios; quizá fue el oprobio a mi niñez por extensión.

Perder el miedo es como perder la virginidad: algo muy personal e íntimo. Un territorio restringido y libre de opiniones, nadie tiene derecho a decirte que dejes de tener miedo ni a indicarte como ni cuando perderlo. Perder el miedo incluso, puede ser un espejismo o una falacia; puede ser una sensación temporal que no hace sino empequeñecernos más una vez ha pasado. No es casualidad que yo haya perdido mi miedo o parte de él en ese preciso momento. La compasión es mayor según más cercano nos sea el círculo del agredido. No es casualidad tampoco que mi tío haya perdido también parte de su miedo. Mi tío no aguanta más, mi tío tiene internet, tiene compasión y tiene miedo, ya no al gobierno cubano; mi tío le tiene miedo a la muerte.

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