Lorena la miró, y repitió el mismo procedimiento de otrora cuando entró por primera vez. El dinero que había dejado aún seguía allí, al igual que el trago.

–       No me ha cobrado –

–       Hoy no cobramos ¿No lo sabía? Vaya suerte que tiene usted. –

–       ¿Me puede explicar qué es este lugar? –

–       ¿Un bar, no lo ve? –

–       ¿Si, pero cómo es posible que solo tenga una silla, y que este espacio en el cual solo cabemos usted y yo, apretados, sea un negocio? –

–       Pues lo es. –

Lorena cogió el trago y bebió de él. No cabía dudas, era el mejor Bloody Mary que había probado jamás. Podía llegar a esta conclusión por un simple hecho, tenía el balance perfecto de picante y tomate, un equilibrio en el cual el paladar no podía definir un sabor por encima del otro, sino ambos unidos en una simbiosis perfecta.

–       ¿Le gusta verdad? Y es una lástima que me haya obligado usted a hacerlo rojo. –

Lorena no contestó. Se apresuró a tomar el trago completamente y luego pidió otro.

–       ¿Tiene usted grandes sueños? Le comentó la muchacha mientras le preparaba otro Bloody Mary

–       No, o sea, nada en particular. –

–       Seguro que se equivoca, tanto tienen de particular sus sueños como que son suyos. –

–       Ahora también va usted a discutir sobre mis sueños. –

–       No discuto, comento. –

–       Bueno, a comentar. Resulta que mis aspiraciones no son sino las mismas que cualquier persona con sentido común: tener una vida saludable, económicamente estable e imagino que ser feliz. –

–       ¿Y lo es usted? –

Lorena dudó si responder o no, al fin y al cabo, no conocía de nada a esa mujer, sin embargo, lo acogedor de aquel lugar diminuto le hizo sentir que se encontraba en un área segura y cómoda.

–       Sí lo soy. –

–       ¿Y lo sabe usted? –

–       ¿Cómo? –

–       ¿Que si sabe usted que es feliz? –

–       ¿Pero claro, que tipo de pregunta es esa? –

–       Una tan válida como poco frecuente – entregó el segundo Bloody Mary a Lorena, esta vez lo dejó azul, tal y como había hecho el primero.

Lorena la miró a los ojos, pensó en requerirle que preparase el trago tal y como lo pidió inicialmente, pero la curiosidad pudo más que el deseo de corregirle. No se arrepintió luego de haberlo probado, en efecto el trago había mejorado tanto que, con los ojos cerrados, pudo sentir cada uno de los sabores en su boca, en los costados de su lengua, entre los dientes, bajando separados por la garganta.

–       Es un buen Bloody Mary éste que ha preparado, aunque los prefiero de color rojo. –

–       No hay nada mejor que desafiar lo ya aprendido. ¿Por ejemplo, es usted feliz? –

–       Ya le dije que sí –

–       ¿De acuerdo, pero cómo sabe usted que lo es? ¿Cómo identifica usted la sensación de la felicidad? –

–       No sabría decirle, ni tengo que decirle tampoco, que pesada usted con la felicidad. Es más ¿Es usted feliz? –

–       Lo soy, a diario, incluso disímiles veces en el día. Ahora mismo por ejemplo, estoy feliz porque tengo la dicha de estar hablando con usted. –

–       No lo entiende. Claro que en su caso, y no se ofenda, es fácil ser feliz. Usted, y le repito, por favor, no se ofenda. –

–       No podría –

–       De acuerdo, usted tiene una felicidad más limitada, su responsabilidad consiste en preparar tragos, muy buenos por cierto, pero hasta ahí llega. Y mientras, habla con las personas o, mejor dicho, la persona que encuentre este lugar. Así no es problema ser feliz. –

La joven le puso delante el segundo trago y ella inmediatamente se lo llevo a la boca para luego continuar con su discurso.

–       En mis manos está, cada día, un portafolio de más de 50 millones de dólares, ¿entiende? Entonces no puede usted pretender que esté pensando y cuantificando mi felicidad durante todo el día, sobre todo cuando tengo la responsabilidad de manejar la economía de muchas personas. Es un problema de perspectiva. –

–       Lo es, y a la vez no. Déjeme buscar algo en el almacén y enseguida regreso. Si quiere puede tirar los dardos. –

Lorena giró su cabeza y vio la diana a menos de medio metro, no tuvo siquiera que levantarse para coger los dardos con su mano. Comenzó a lanzarlos y todos caían cercanos al centro de la diana, apenas si los soltaba, de hecho, podía colocarlos con su mano si quisiera. El absurdo del juego le hizo sonreír.

–       Es usted buenísima- dijo la barman mientras entraba de nuevo de una puertecita pequeña que tenía detrás de sí –

–       ¿Quién no? –

–       Se asombraría si le cuento. –

–       Pero bajo estas condiciones, las probabilidades indican que todo el mundo es bueno. ¿No se da cuenta usted que poner dardos en un bar como este es un absurdo? –

–       ¿Usted cree? A ver, présteme los dardos. –

Lorena le entregó los dardos que había quitado en la mano, la joven se apoyó hacia el otro extremo de la habitación, aun así, no la separaba más de metro y medio de la diana. Justo antes de tirar, cambió los dardos hacia su mano zurda y cerró los ojos. El resultado fue que el dardo pasó rozando la cara de Lorena y aterrizó en la barra, alejado de la diana.

–       ¿Está usted loca? ¿Por poco me entierra el dardo en la cara? –

–       Ya lo ve, no soy tan buena como planteaba –

–       ¿Pero qué le pasa? Claro que no puede ser buena si tira con los ojos cerrados. –

–       Cierto, es una anotación curiosa la que me hace. –

–       En todo caso, no lo repita por favor, pudo haber terminado en una tragedia ¿Se imagina si me clava el dardo en un ojo? –

–       No, no lo imagino, pero tampoco deseo imaginarlo, disculpe usted, confié en su afirmación anterior. En todo caso creo que, si usted tirase con los ojos cerrados, y la mano opuesta a su mano diestra, habría hecho un lanzamiento igual de caótico.

–       Exacto.

–       ¿Y por qué no lo lanzó así?

–       Porque el juego no es ese. Las reglas consisten en tirarlo de la manera que lo hice yo. Usted simplemente se inventó otro juego.

–       Mire un poco más allá. Por ejemplo, el objetivo de cada juego no es solamente divertirse, sino competir por vencer cualquiera sea el obstáculo que presenta. Usted estuvo frente un juego sin obstáculo alguno, y al cumplir las reglas, no hizo sino quitarle la esencia al juego, quitarle lo que lo hace un juego en sí. Usted no tenía competidores, ni obstáculos, pero aún así no hizo sino cumplir con lo establecido garantizando además una victoria sin gloria ni merecimiento.

–       Mire… – Lorena hizo un gesto interrogatorio con sus cejas y la muchacha entendió la pregunta enseguida

–       Vera, mi nombre es Vera- dijo mientras dibujaba una sonrisa que inspiraba confianza.

–       Mucho gusto, mi nombre es Lorena. Pues como le decía, usted puede argumentar con cuántos pensamientos rebuscados quiera, pero la verdad es una: Es un absurdo poner dardos aquí.

La muchacha sonrío al escuchar esa sentencia, los ojos le brillaron como quien ha analizado todos los movimientos posibles y se sabe ganador en una partida de ajedrez.

–       La verdad, es tan alterable como estricta según quien la profese. Por ejemplo ¿Es usted feliz?

Lorena sintió el seco instinto de la embriaguez prematura, y con ello un impulso natural y desinhibido por decir cuanto pensase.

–       ¿Sabes algo Vera? No, no soy feliz. Ni lo es usted tampoco, la felicidad, como la verdad, es un concepto que nos han vendido predeterminado, hecho a nuestra medida y el único fin es la búsqueda constante de esa felicidad que usted profesa, falsa, además.

Vera se quedó en silencio mirando fijamente sus ojos azules.

–       Que le puedo decir Vera, yo soy una mujer exitosa y eso me basta. Tengo mucho más que la mayoría.

–       ¿Pero lo disfrutas? Eso que tienes

Lorena se quedó en silencio. Un mareo le hizo cerrar los ojos con el fin de ubicar la respuesta, el lugar, la tormenta, la realidad; y de tanto esfuerzo sintió que el cuerpo le exigía más energía que la que podía proveer. Sintió adentrarse en un sueño profundo. Al despertar, estaba sentada en su carro, la tormenta había pasado y las luces de neón del bar estaban apagadas. Intentó abrir la puerta al pasillo, pero fue inútil. Por lo cual regresó al carro y siguió su camino.

Nunca intentó regresar al bar. Viajó a Sudamérica, dejó libre a Dolores, quien probablemente murió de hambre o devorada por un animal salvaje. No abandonó el trabajo, ni vendió su apartamento, ni profesó su realidad a sus semejantes, simplemente hizo de sus días comunes, de sus momentos comunes, de sus actividades comunes, cosas disfrutables. A conciencia se supo feliz siempre que pudo. También se compró unos dardos que instaló en su apartamento; aprendió a lanzarlos con su mano zurda y los ojos cerrados.

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