Lorena se mira en el espejo del retrovisor, los ojos azules, redondos, reflejan el cansancio del día. Pone nuevamente el retrovisor en su lugar y se concentra en evitar molestarse por el tráfico. Piensa en las reuniones de la semana, en el color opaco de las placas de los carros. La costumbre de mirar la persona del carro detrás le hace notar una nube inmensa que cubre todo el Este de la ciudad en un tono negro cerrado. El tráfico está más detenido que de costumbre, Lorena baja la intensidad del aire y enciende la radio.

La alarma de tormenta esta vez tenía algo distinto, un tono de emergencia aconsejaba a todos a salir de las grandes autopistas y buscar refugio en cualquier negocio cercano. Lorena se había quedado sin carga en el teléfono, tampoco le interesaba llamar a nadie inmediatamente. Ese tipo de independencia era un lujo por el que había trabajado durante toda su vida. Quería a los indispensables lo imprescindible, de esa manera hacía entender a todo el mundo que tampoco necesitaba mucho más cariño que aquel que ella estaba dispuesta a intercambiar. Tenía un pájaro, una cacatúa ninfa hembra para ser más exacto, la había llamado Dolores.

El susurrar del aire se hizo menos discreto, y el nubarrón que antes se veía a lo lejos, avanzó sobre su carro sobrepasando la velocidad del tráfico. Lorena pensó en hacer caso y buscar algún lugar donde pudiese tomar algo mientras pasaban las tres horas de tormenta. Puso el intermitente derecho sin mirar siquiera y comenzó a pasar de carril en carril hasta acercarse a la salida. Un concierto de cornetas y un coro de gritos ácidos la acompañaron al salir de la autopista.

No lograba reconocer el barrio dónde había entrado, la lluvia comenzó a caer como mamoncillos que levantan el polvo de la ciudad en su rebotar. Las hojas secas fueron tambaleadas, flacuchas y oxidadas, por sobre el asfalto de la calle. Las personas, como hormiguillas, en coordenada sinfonía, se apresuraron a cobijarse en el primer espacio que encontraban. Unos segundos más tarde las calles estaban completamente desiertas. Lorena manejaba muy despacio y solo se entrecruzaba, de vez en vez, con autos de policía que corrían con las sirenas encendidas.

Unos minutos más tarde, se encontró en una calle sin final. Un cartel de neón junto a otro de una marca de cerveza exportada, mostraba lo que parecía ser la entrada de un bar. Lorena parqueó el carro en un espacio abierto frente al local. Atravesó la calle cubriéndose en vano la cabeza con la cartera, al abrir la puerta su vestido chorreaba por todos lados y el pelo se le había mojado completamente.

Una puerta roja se vislumbraba al final de un pasillo largo, sin puertas a sus costados, de color verde oscuro. En el techo, cada tres metros, una luz tenue alumbraba una porción del suelo. Lorena caminó el pasillo mientras pensaba en como el efecto de las luces intermitentes se asemejaban al tono blanco y negro de las teclas del piano. Cada vez que atravesaba una luz, sentía miedo de no ver nada en los espacios en sombras, por el contrario, en las sombras tenía la seguridad del que ve todo, sin que lo vean a sí mismo.

Lorena empujó la puerta para encontrar detrás algo que nunca había visto. El local no podía tener más de seis metros cuadrados. Una silla de cuero rojo en una barra redonda donde solo una persona podría sentarse. Justo al lado, en la pared, una diana con sus dardos. La barra era alta y de ladrillos con forma circular que cerraba en una pared de espejos; dentro de ella una mujer joven, vestida de blanco completamente, limpiaba un vaso cuando la invitó a sentarse apuntando con la cabeza hacia la única silla.

Lorena asintió aún sorprendida y se sentó mirando con disimulo todo el lugar. Por su estructura circular, Lorena pensó por un momento que la muchacha trabajaba dentro de un pozo. Colocó la cartera entre los pies, donde único podía, y se acomodó para evitar sentirse intimidada por la cercanía espacial con la muchacha.

 – Un Bloody Mary, por favor –

– Marchando –

La joven comenzó a hacer bailar la botella. Mientras agitaba los brazos con malabares de artista, encendió una televisión pequeña que descansaba en una esquina superior del cuarto. En las noticias comentaban acerca de la magnitud de la tormenta: algo nunca visto, el peor fenómeno meteorológico de los últimos 20 años.

La barman acercó un vaso delgado con un trago color azul.

– Perdón – replicó Lorena – Eso no es un Bloody Mary.

– Sí que lo es – dijo la muchacha esbozando una sonrisa

– No, no puede ser, el Bloody Mary es rojo –

– ¿Pero lo ha probado usted? –

– No, ni necesito probarlo para saber que no es un Bloody Mary

– Me es imposible prepararle otro trago sin antes haber probado usted este, ¿Es acaso solo un problema de colores? –

– Lo es. El Bloody Mary, por definición, es rojo. –

La joven sonrió, se agachó en el poco espacio que tenía y sacó una botellita minúscula, la abrió y dejó caer dos gotas sobre el trago. El líquido, color negro, hizo reacción con la bebida que se dibujó de rojo completamente.

– Ahí tiene usted –

– ¿Pero qué es eso? –

– Un Bloody Mary

– No, no lo es. Acaba de hacer rojo el trago que antes era azul. El Bloody Mary es rojo desde el inicio

– ¿Ha visto usted cómo se hace un Bloody Mary? ¿Sabe usted en qué momento se hace rojo? Pruébelo y dígame que piensa –

Lorena reparó en el hecho de no saber cómo se preparaba el trago, pero para ese entonces ya estaba sobremanera disgustada con la actitud de aquella cantinera.

– Mire, ahí tiene su dinero, y quédese con lo que sea que es ese trago. –

Lorena se puso la chaqueta nuevamente, recogió su cartera y abrió la puerta

– Le dejo el trago aquí, para cuando regrese. –

– No se preocupe, usted no me vera más. –

Cerró la puerta roja y caminó el pasillo sin detenerse en las sombras y las luces, maldiciendo el cuestionamiento absurdo de aquella mujer. Al abrir la puerta de la calle, una fuerte ráfaga de viento le pegó en los ojos, la lluvia no dejaba ver su carro y la calle parecía un rio desbordado.

Todo estaba oscuro, las luces se habían apagado afuera y la tormenta se había fusionado completamente con la ciudad. Lorena volvió a cerrar la puerta y valoró si esperar ahí mismo de pie, o soportar a la impertinente joven. Entonces resolvió que no tenía sentido pasarse horas parada al lado de una puerta y retomó camino hacia el bar. Mientras avanzaba sobres sus pasos, reparó en la idea de cómo la repetición desvirtúa los miedos, el pasillo, antes misterioso y temido, ahora no era más que el preámbulo de un lugar peculiar.

Bienvenida, nuevamente – replicó la muchacha.

 


 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s