El Passaic.

Passaic-1 (1)
Fotografía de Grey Cruz

 

No hay diferencia alguna entre dos ríos de tamaño normal. Entiéndase que no se mucho de ríos, es más, no sé nada de ríos y casi nada de Geografía, lo que causó que al enseñarme por vez primera el Passaic River de New Jersey; yo guardara ese nombre para catalogar cada trozo de agua que viese en mis primeros meses.

Antonio Enternello era un hombre pintoresco, regordete y siempre con falta de respiración. Fue la tercera persona que conocí, quien me introdujo al Passaic River y me habló de las peripecias en canoa de Antabanez Wheeler. Enternello suspira, recuerda con melancolía cuando niño como se bañaba en sus aguas durante el verano ¿Sabes que es lo peor de la polución que hoy tiene? me dice, y yo pensé en respuestas comunes: la fauna, el medio ambiente, el impacto sobre la sociedad que le rodea… No me dejo seguir cavilando, enseguida interrumpió mi pensamiento con una sentencia: el sonido, lo peor es que se ha acumulado tanta mierda que cambió su melódico cauce.

Hubo un tiempo en que necesitaba saber de todo, de ahí que no sólo no supiese de casi nada, sino que sin temor al ridículo exponía mi ignorancia como trofeo. A Mary no le gusta que me adentre en la verborrea – tu cuenta, me encanta cuando eres simple- me repetía no más le regalaba una oportunidad. Por aquellos días tan grises imagino que no me leyese mucho, yo escuchaba sin vacilaciones a quienes me trataban de ayudar como si me hablasen de otra persona, asentía y procuraba que pensasen que su consejo no era desestimado. Quizá Enternello si disfrutase de mi parafernalia innecesaria, yo le hablaba de mis logros disfrazados y él parecía disfrutarlos conmigo.

Caía la noche sobre el asfalto irregular, cuando los focos del carro iluminaron un cartel despintado y lúgubre con las letras de Welcome to New Jersey. Mary extraña el sol, el calor, el azul y el verde, se extraña a ella y desconoce quién me acompaña ahora mismo en el carro; Mary desconoce todo. La hora justifica que un poco de sueño me recuerde el tiempo que llevamos viajando, el frío comienza a adentrarse por las hendijas del carro y una fina llovizna humedece el paisaje. Atravesamos una carretera que aún no conozco, y sus ojos, los de ella, están cubiertos por una densa nube que la aleja. Ese es el rio de Passaic, el Passaic River, le digo, un novelista llamado Wheeler Antabanez, un tipo que estuvo preso por tener ideas más oscuras que algunos tantos, publicó una crónica para la cual navegó el río en canoa durante dos años de manera intermitente. Le cuento sobre los cadáveres encontrados, la podredumbre de sus márgenes; a Mary los ojos se le llenan de un brillo que conozco: la curiosidad por lo que nadie quiere saber, el conocimiento inútil.

Me invento entonces otras historias, le digo que un amigo a quien luego conocerá, Antonio Enternello, solía bañarse cuando niño en el curso bajo del Passaic, con los años su piel tomó un tono verdoso que nunca más se pudo quitar, Mary me pide que le siga contando, que paremos un momento a verlo de cerca, el sueño es mayor que antes, ella tiene los ojos pegados a la ventanilla que refleja una luna pequeña y huesuda en el centro del río. Yo le explico del poco tiempo y continúo contándole, pero ella ya no me escucha, no puede dejar de imaginarse todas las historias que han empezado o concluido en este lugar. La realidad se ralentiza y deforma, y en los cuerpos quedan sólo reflejos.

En el momento en que trataba de definir qué historia inventarme para rescatar su atención el grito de Mary me congeló por completo, ¡Allí, allí hay alguien, en el río! yo giré la vista por un segundo y pude ver no uno, sino miles de rostros que sobresalían de la superficie, rostros azulados, que comenzaban a sonreír. Mary estiró su mano hasta el volante y haló para su lado desviando el carro y sacándonos de la carretera. El estruendo de la muerte inundó el auto y me despertó para ver, por última vez, el rostro de Mary sonriendo.

Al otro día se leía en la prensa: ¡Dos jóvenes mueren ahogados en el río Passaic!

 

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